El despido interior y la entrega

Siempre he mantenido que el mundo de la empresa y la familia son prácticamente idénticos. En ambos hay que gestionar personas, relaciones y emociones. En definitiva, conflictos (que son naturales, ni buenos ni malos).  

El empresario piensa hoy más que nunca que está dando todo lo que puede a sus empleados (beneficios sociales, instalaciones, salario, equipamiento…). Sin embargo  más del 60% de los trabajadores no se sienten reconocidos por su labor, y manifiestan que sus jefes no les ayudan a sacar y explotar lo mejor de sí mismos. No se trata sólo de dinero, sino de reconocimiento (lo que alguien acuñó con el término de “salario emocional”).

Cada vez hay más separaciones conyugales. La curva de la depresión crece a ritmos agigantados. Es aquí donde entra el concepto de despido interior. Para ponernos en materia, lo podemos definir como la renuncia a dar lo mejor de uno mismo con el fin de protegerme de un daño o castigar con mi actitud a mi jefe o pareja. Lo contrario a ello sería la entrega, la generosidad. Pero la verdadera entrega no se exige, se regala. Este concepto no se entiende, pues cuando uno no se siente recompensado con su entrega es cuando aparece el concepto del despido interior. Pongamos un ejemplo.

La pareja recién avenida en la cual uno de sus miembros sabe que la rutina es el peor enemigo de la convivencia (de verdad, aplíquelo también al entorno laboral que da lo mismo). Y por dicho motivo cada semana regalará a su mujer una rosa. Pero para hacer aún más atractivo el factor sorpresa será cada semana en un día distinto para que así no lo espere. Es más, incluso cambiará el color de la rosa para hacer más deseado su regalo.

¿Sabe lo que pasará si pasados unos meses una semana se olvida de entregar la rosa? Con toda seguridad su pareja pensará que ya no se acuerda de ella, que ha cambiado, que no es el mismo. Lo que empezó siendo una entrega que nadie le pidió se convirtió en rutina con efectos nocivos en caso de olvido, en definitiva un sacrificio que cumplir.

Y ante nuestro enfado dejamos de dar lo mejor de nosotros mismos. Ya no nos entregaremos con el mismo afecto a nuestra pareja,… ni a nuestro cliente. Ese trato que teníamos al principio con nuestro cliente, con nuestros compañeros, todo afecto, atenciones, preocupaciones por él, acaba desapareciendo si no nos sentimos… valorados. O simplemente por la rutina del paso del tiempo. Nadie nos exigió esa entrega, pero al no sentirnos reconocidos nuestra actitud acaba siendo la de un compromiso, el simple cumplimiento de un contrato.

En definitiva, abandono, dejo de dar lo mejor de mí, a no ser que me lo exijan, me lo pidan. Que error.  Me castigo yo, y así castigo a la empresa, a la pareja. Incluso pensamos que sin nuestra fuerza que dábamos antes gratuitamente, la organización, la pareja, irá a pique. Pero casi siempre sigue adelante, y es cuando entra el concepto de resignación, que lleva implícita la pregunta de ¿entonces yo que valgo?

Y es cierto que tanto la empresa como la pareja pueden seguir adelante, pero no sigue igual. Falta tu magia. Todos pierden. No lo hagas, cumple tus sueños, vuelve a entregarte. Te sentirás mucho más feliz. Aunque sea por ti, sólo por ti, por tu ilusión, por vivir tus sueños, por esperar ese día de la semana en el que llevar tu rosa, por volver a vivir. Y aparecerán, como por arte de magia, los beneficios de tu actitud. Seguro. Hay que perder muchas veces para saber ganar. Y cuando hablamos de actitud ante la vida, no se trata de ganar o perder. Se trata de objetivos. Si lo que has hecho es conforme a tu actitud de lo que querías hacer, siempre ganarás. Si te has dejado algo por el camino es una derrota. Da igual los resultados. Aplíquese la letra de la canción. Siempre es más feliz quien más amó. 

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