Amar al prójimo como a ti mismo

Mi mayor honor es ser el padre de mis hijos.  Y una enorme responsabilidad. Si de usted dependen personas, sepa que lo que hacemos (y no hacemos) en nosotros afecta e influye en ellos de modo directo. Lo mejor que podemos hacer con los que tenemos a nuestro cargo es ser mejores nosotros mismos. Déjese de tanto consejo de gurú empresarial y análisis sicológico. Esto no va a estar sometido a tendencias ni a modas pasajeras.

A quien me dice que se encuentra deprimido siempre le digo que ayudar a la gente a que se ayude a sí misma es la mejor terapia. No solo ayudarla, no siempre le va a tener a usted presente. No prepare el camino a los suyos, prepara a los suyos para el camino. No debemos confundir la meta

Ganas, sonrisa y entusiasmo. Ingredientes de una receta  que no falla. Modifique  en su vida hábitos que no son sanos. Somos lo que hacemos de forma repetida.  Incorpore las actitudes sanas. Contagiará a los suyos de forma inmediata. Y aprenderán con su ejemplo (sólo con las palabras no funciona).  Enseñamos lo que sabemos pero contagiamos lo que vivimos.

El compromiso con uno mismo es tomar su propia vida en sus manos y dejar de culpar al entorno y a  los demás. Y para eso tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos. ¿Qué extraño, verdad? ¿Egoísmo? No, todo lo contrario.

Siempre se exalta el amor a los demás, no a uno mismo. Sin embargo, en nuestra cultura y tradición el mandamiento más importante es amar al prójimo como a uno mismo. ¿Cuál es entonces la medida del amor a uno mismo?

Es una labor titánica. Es desarrollar todos sus talentos. Es querer el bien. Es hacer lo posible para que uno mismo y el otro se desarrolle y crezca.

¿Y cómo se hace?

En primer lugar, he de saber aceptarme, que es conocerme y valorarme.

Conocer mis virtudes y limitaciones. Conocer y profundizar en  quién soy, como visión, para qué estoy, como misión, y adónde voy como sueño. Nos distinguimos de los demás no en nuestras posesiones y propiedades, sino en el nivel de profundidad que hagamos de estas tres preguntas. Y no se responden una sola vez. Varían con las edades, responsabilidades y los cambios que vamos teniendo en la vida.

Valorarme, querer lo que soy y no estar quejándome de lo que me falta. Gozamos poco de lo mucho que tenemos y sufrimos mucho de lo poco que nos falta. Hoy día, siempre nos falta algo último modelo. Y no paramos de quejarnos por ello.

Las personas que no se aceptan a sí mismas viven mendigando la aceptación de los demás (y vivirán esclavos del otro para que no les deje)

En segundo lugar, enriquecerme, que es alimentarme y saber gobernarme.

Alimentarme no solo desde el aspecto físico, sino afectivo. En mis vínculos, en mi intelectualidad, en mis relaciones, socialmente, espiritualmente… Hay quien no solo no se alimenta, sino que se alimenta mal. Y quien no tiene nada dentro, nada puede nutrir, y siempre está pensando en el de afuera. De ahí esta nuestra sociedad cada vez más amoral y sin valores de los que embeberse. Mucho programa del corazón hablando del ajeno, pocas virtudes que podamos asumir.

Gobernar, su tiempo y su energía. Supérese en aquello que más le cueste. No es falta de tiempo, es falta de interés. Analice cada vez que piense que no tiene tiempo para hacer algo si le apasiona o por el contrario le falta tiempo para aquello que no le gusta hacer. Si no es capaz de gobernar su vida. Todo lo demás es imposible. Cuando para usted tienen más valor las opiniones de los demás que las suyas propias, se transforma, se anula y sufre

Y por último darme a mí mismo  y a los otros. Abrirme y entregarme a los demás. Cuando yo me doy al prójimo, éste me puede devolver. Hay reciprocidad. Me aporta y recibo. Y me enriquece. Y me ayuda. ¿Y el que no le aporte? ¿No siempre somos correspondidos, verdad? No pasa nada. El otro hace, NO me hace. No va a dirigir mi vida. No lo permita.

Entonces, ¿que es amar al prójimo? ¿Será aceptarlo, enriquecerlo, y darse?

No. Eso es simplemente un medio. El verdadero fin es ayudar a que  el otro SE acepte, SE enriquezca y SE dé. Como dice el refranero, no es darle peces, sino enseñarle a pescar.

Que sean capaces de hacerlo por ellos y para sí mismo. Ese el verdadero reto

Una vez un pintor dijo: “Sueño mis cuadros y pinto mis sueños”. Pinte usted sus sueños.  Sueñe su vida. Y sea pincel para los demás

 

P.D. Dependiendo de su vida, el “otro” son sus hijos, cónyuge, empleados, compañeros de trabajo… Para todos vale la receta.

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