Brillar no es iluminar (o un nuevo concepto de dirigir personas)

¿Se han preguntado por qué hay gente con un trabajo aparentemente arduo que son muy felices, y otros con una labor deseable por la mayoría y sin embargo están profundamente amargados? ¿Será que en la vida, como en el teatro, no existen papeles menores sino actores mediocres?

Y una última pregunta que antecede a mis reflexiones ¿Será que es determinante quién dirige a las personas, sea el trabajo que sea, y el ambiente de trabajo que se crea?

No es hacer lo que tienes que hacer, es dar sentido a lo que haces. 

Aquel que quiere brillar, no ilumina, sino que (se) encandila. Solo ilumina aquel que ve con claridad y profundidad.  De ahí mi  obsesión en que mis hijos y alumnos lleven una vida plena y no plana, pues sólo sumando a la habilidad en sus competencias  una profundidad interior conseguirán manejar su vida en lugar de que se la dirijan otros. Cuando para ti tienen más valor las opiniones de los demás que las tuyas propias, te transformas, te anulas y sufres.

Si usted trabaja solo, vive solo y no se relaciona, no hace falta seguir con la lectura. Pero habitualmente trabajamos y vivimos en equipos, ya sean familiares o profesionales. Y por más jerarquías que existan en las empresas e instituciones de cualquier índole, el único poder que ilumina es el servicio a los demás. Aquí es cuando tenemos que empezar a elegir el amor al poder o el poder del amor. El primero va con el cargo y es pasajero. El otro va con la persona y es eterno. Pero brilla menos y  hace menos ruido. El ruido no hace bien, por eso el bien no hace ruido. Igualmente hace más ruido un líder que cae que cien que van creciendo.

Y para poder asistir al otro tengo que poner claridad en mi vida primero. No se lucha contra la oscuridad sino encendiendo una vela. Toda la oscuridad del universo no puede apagar una simple vela. Pero los valores no se imponen, simplemente son imponentes, se contagian, no se predican. Siempre nos influirán más aquellos que contagian valores que los que gritan verdades. A nadie se educa con arengas, ni con gritos sino con la claridad de la palabra permanente que abone su corazón. Y una cosa es dar libertad imponiendo normas, y otra es enseñar la libertad contagiando valores.

Hay tres formas de vivir la vida. Una es siendo dependiente del afuera o del ajeno. Otra, que ya es notable mejora, sería ser independientes, vivir nuestra propia vida dejando la dependencia externa. Pero la tercera es la que haría convertirnos en imanes para atraer a los demás, que sería vivir una vida de contribución, sin competición con nadie sino sacando nuestra mejor versión. Más dedicación que a la competencia, que está fuera, deberíamos tener con la incompetencia, que está dentro y de nosotros depende superarla.

Sabido es a estas alturas mi dedicación a las actitudes del ser humano. Hoy veo en las empresas y familias tres actitudes enfermas que sobresalen a las demás. La arrogancia (o amor al poder) que se viste de orgullo, prepotencia, soberbia y en definitiva el ego en su estado de máxima hinchazón. Ésta suele llevar a la adicción de todo lo material, acumulando sin sentido y sin necesidad y poniendo a las personas al servicio de las cosas y no a la inversa. Y a la adicción siempre le seguirá la acumulación, que en nuestra sociedad tiene un descendiente con un nombre conocido por todos que es la corrupción.

En esos ejemplos de empresas y familias que veo y trato he visto como esas actitudes han sido reemplazadas por otras que hacen nacer y crecer lo mejor de los seres humanos. Frente a la arrogancia la humildad, contra la adicción el desapego y como adversaria de la acumulación la solidaridad.

En ese entorno contributivo emergerán las dos claves del trabajo efectivo y eficiente con personas. La intimidad como antónima de la superficialidad, poniendo nuestro tiempo y corazón para lograr pasar de la dualidad a la unidad con el otro, a una íntima unidad. Dialogar no es hablar. Es hacer sentirse al otro escuchado. Intimidad no es intimidar.

Y la integridad. Que nuestro pensar, sentir y actuar sean coherentes. Que lo que pensamos y sentimos sea lo que hagamos.

Ser líder es crear ámbitos de encuentro donde las personas se sientan seguras de que lo hacemos es lo mejor y un lugar de crecimiento personal, generando CONFIANZA Y CREDIBILIDAD.

Hoy ya no basta con ser creyentes. Tenemos que ser creíbles. 

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