Enseñamos lo que sabemos, contagiamos lo que vivimos

Mi profesión es intentar enseñar. Mi obsesión es hacer lo posible por aprender. Todos, sin excepción, podemos ser maestros y alumnos. Fui un buen estudiante pero soy un excepcional alumno. Siempre estoy en actitud de intentar aprender del nuevo día. Cuando te pones en disposición de adquirir nuevos conocimientos siempre estás en el lugar apropiado a su debido tiempo. No hay horas malas para aprender. Ni personas.

Viene la introducción al caso por la experiencia vivida la pasada semana. Después de un tiempo dedicado a la enseñanza en una gran empresa, recibí un mail en el que una de las personas asistentes solicitaba mi ayuda para temas personales y empresariales.

“Claro que sí”, respondí, con la advertencia de que otros pueden estar temporalmente para ayudarnos, enseñarnos o guiarnos en nuestro camino, pero la lección que debemos aprender es siempre nuestra. Y me inquirió cuánto cobraría por mis servicios. Con una leve sonrisa que esa persona no pudo ver, simplemente le respondí que colaborar en hacer la diferencia en la vida de alguien puede dar sentido a la nuestra. No conozco mejor forma de ayudarme que ayudar a otros.  Las manos que ayudan hacen más milagros que los labios que rezan.

Quedamos y hablamos. Y después de explicarme, en breve espacio de tiempo, su vida, circunstancias  y aspiraciones, aprendí tantas lecciones, yo que iba de maestro…

Me enseñó a ser dueño de nuestro presente y estar dispuestos a desafiar nuestro porvenir. A  aceptar las circunstancias pasadas de la vida sin envidias ni protestas, admitir la maravilla que somos y lanzarnos a conquistar nuestro destino.

A buscar incansablemente nuestro ser y entregar la vida para hacernos a nosotros mismos y jamás sacrificar nuestra vocación por tener un trabajo que no te vaya a realizar.

A tener el valor de realizar nuestro ser a pesar de las circunstancias, no hacerse víctima de los demás y del pasado y entender que el valor no es para morir sino para decirle sí a la vida.

A abrir nuevos caminos, aventurarse con audacia a probar lo nunca antes intentado luchando aun a pesar de nuestros miedos para lograr lo que deseamos, asumiendo los riesgos y las consecuencias.

A convertir cada fracaso en victoria aprendiendo de nuestras fallos y no perder jamás de vista la cumbre que deseamos conquistar

A nunca darnos por vencidos, aun cuando la adversidad esté a punto de derrotarnos y en el último instante buscar el impulso final para lograr la conquista deseada.

A tener un corazón generoso y dar todo, hasta lo que nos hace falta, por alcanzar tu sueño, ese sacrificio sin límites, es la fuerza hecha acción para cumplir nuestro destino con Dios y con la humanidad.

 

Por mi mente pasan en tropel un montón de cosas que decirte, pero creo que todas podría resumirlas en una sola frase: Gracias por tu confianza. Por contarme todo eso con una sonrisa en los labios. Yo solo pude enseñarte lo que sabía. Tú me  contagiaste tu forma de vivir.

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