La distancia del erizo

Casualmente, hace pocos días cayó en mis ojos  un reportaje sobre cómo dormían los erizos. No es que me importara en exceso,  pero me causó curiosidad por lo que a la lección de vida se refiere lo que hacían. Me explico para aquellos que como yo, desconocíamos dicha técnica.

Al llegar la noche, sienten frio y se arriman entre ellos. Sin embargo, al acercarse mucho se pinchan con sus púas y se lastiman, por lo que inmediatamente se alejan. Pero vuelven a sentir frio y nuevamente se unen. Y así hasta que encuentran la distancia perfecta en la que no se hieren pero se dan calor. Y como si fuera un milagro, aquellos que ya son conscientes de la distancia oportuna, se emparejan entre ellos pues ya conocen los límites del dolor y el calor.

Me vino a la cabeza cuantas veces he podido lastimar, o me han lastimado por acercarme demasiado a alguien sin calcular la distancia. O cuantos han podido sentir mi frio por no sentir mi calidez en el momento oportuno. Y pedí perdón por lo que a mi parte pudiera corresponder. Conviene habituarnos a la reflexión en un mundo que va muy acelerado. Necesitamos un viaje hacia dentro, estar dispuesto a hacer un trabajo interior para transformar nuestra forma de ser, para que no intentemos cambiar a los demás, sino empezar el cambio en nosotros mismos. Ahí empieza el cambio verdadero.

Y reflexioné acerca de la lo alejados, como lo erizos,  que estamos en una sociedad familiar y empresarial donde están muriendo los valores. Sin embargo, cuando visito las empresas, es frecuente que me hablen de uno que, para mí, siendo importante, no alcanza la categoría de virtud. El respeto.

En nombre del respeto estamos actuando equivocadamente. En mi trabajo como formador y consultor de directivos y trabajadores es una palabra, mal transformada en valor, que no paro de escuchar. Alabanzas sobre el respeto que se tienen entre los componentes de las organizaciones. Pero el respeto no une. El respeto es un puerto de salida, no de llegada. En nombre del respeto los distintos miembros de los departamentos no se nutren entre sí, no se ayudan, no colaboran, simplemente… se respetan.

Lo que de verdad, une, el puerto al cual tenemos que llegar, el pegamento humano es la generosidad, lo que de verdad hace que hagamos las cosas sin pensar en el beneficio posterior que podamos recibir. Ese si da calor y acogimiento.

Pero antes hay que trabajarse a uno mismo en su desarrollo y crecimiento personal. Si a la primera que te pinchen no te vas a volver a acercar, mal asunto.

Cuando dejo de admirar a la persona que tengo al lado es cuando el amor (empresarial o familiar)  comienza a morir, aunque permanezca el respeto. Lo mejor que puedo hacer por el otro es ser mejor cada día yo mismo. Lo que no crece, indefectiblemente, se muere. Lo que cambia y se adapta, perdura, lo que no cambia, perece. El dialogo de los cuerpos es la expresión del dialogo de las almas, tan poco cuidadas hoy. El termómetro de una relación pasa por el dialogo y la comprensión mutua.

Y cuando el que pide que le escuche no le escucha, indefectiblemente comenzare a buscar alguien que le haga caso en otro lado. Se alejará.

Para eso hay que tener claro que queremos de la vida. La urgencia es un calmante temporal que se usa en exceso en nuestra sociedad, pero ¿qué calma?

El mundo de hoy es un mundo cuantitativo que mide el tiempo porque el tiempo es oro, pero perdimos la brújula y cada vez más hay personas que saben ganarse la vida pero perdieron la orientación.

Cuando uno les pregunta cuál es su misión e ideal en la vida, hay un silencio, pero si le preguntas por su trabajo, cuánto gana, etc, de eso sabe todo.
Lo cuantitativo lo tenemos delante pero el rumbo no lo tenemos. Hay que dejar la cultura del reloj y prioricemos por la cultura de la brújula.
Aunque nadie puede volver atrás y lograr un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar ahora y lograr un diferente final.

Esforcémonos, como los erizos, por saber adecuar la distancia ideal en cada relación para no pincharnos y darnos calor. Lo necesitamos.

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