Si se le olvidó sonreír, ... es jefe

Saint Exupery en una de sus tantas mágicas reflexiones, expresaba que “si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo, sino que primero has de evocar en los hombres el anhelo por el mar”.

Para quien lo quiera entender, esta evocación al verdadero liderazgo y dirección de equipos me parece una obra maestra que resume magistralmente tantas y tantas teorías escritas acerca de cómo ejercer las mencionadas competencias.

 Y es que en mi opinión, que no proviene de estudios sino de vivencias en las empresas y en las familias, liderar no es un don, es un arte. Es el arte de influir sobre la gente para que trabaje con entusiasmo en la consecución del  objetivo en pro del bien común

No es un rol, es una actitud. El poder si es un rol, es decir, es la capacidad de forzar o coaccionar a alguien para que haga tu voluntad aunque no quiera, debido a  tu posición o a tu fuerza.

No es una función, es una filosofía de vida. Porque  el liderazgo, como la vida, no es un acto a ejecutar, es una actitud a adoptar. Y cuando esos valores se encarnan dentro de uno mismo, pasan a ser virtudes, que llevamos ya con nosotros hagamos lo que hagamos y donde vayamos y estemos.

No es ser espectador de tu vida, sino protagonista de la misma. De ahí que con el liderazgo vaya no el poder, sino la autoridad, ser autor de tu propia vida, pasando de ganarte la vida a ser creador de tu propia existencia e ideal y misión de vida. Ganarte la vida pasa a ser el medio, crear tu vida el fin primero y último de tu existencia.

No es tener conocimientos de habilidades para ejercer el poder, sino vivir con un compromiso personal ante la vida. Con la primera opción podemos caer simplemente en el cumplimiento de nuestras tareas y funciones. De la segunda manera tendremos un compromiso para con nosotros mismos, que hará expandir nuestros conocimientos a los demás al mismo tiempo que nos sentimos con la plenitud del poder del amor y no del amor al poder.

Un líder no mueve a los demás, sino que promueve para que pasen de ser fieles o seguidores a discípulos con la intención de que lleguen a ser a su vez en el menor espacio de tiempo líderes de su propio equipo.

Un líder no se limita a mandar, sino que con sus actuaciones coherentes con su pensar y sentir contagia a su equipo. De nada sirve ser luz si no es para iluminar el camino a los demás. El jefe brilla, el líder ilumina.

Un líder no ha de ser motor de su equipo, sino imán que atraiga al mismo con su fuerza y empuje, con su coherencia, ejemplo e integridad.

Cualquier de nosotros puede ser un líder. No lo dude. Cosa distinta es que supone una labor titánica y esfuerzo permanente, que muchas veces no estamos dispuestos a asumir. Y obviamente todo liderazgo colectivo comienza con el previo personal. Ser líder de los demás solo será posible si nos lideramos a nosotros mismos previamente. Si aprendemos a decir un “me quiero” antes que un “te quiero”. En definitiva, si cambiando la frase bíblica nos comprometemos a asumir que hay que liderar al prójimo como a ti mismo.

¿Será que la falta de liderazgo personal afecta al liderazgo colectivo’ ¿Será que la ausencia de nuestro compromiso para ser protagonistas de nuestra vida es la que hace que queramos ser de la de  los demás?

Muchas son las diferencias entre un jefe y un líder. Pero hay una que nunca falla. Observe al que dirige su equipo. Si se le olvidó sonreír,…, está delante de un jefe.

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Comentarios: 1
  • #1

    Diego C. (viernes, 03 julio 2015 10:09)

    Me gustó mucho la frase " El jefe brilla, el líder ilumina".