Educando emociones

Diseñando el plan de formación anual con una querida empresa, me sugería la persona responsable que incluyera un seminario basado en las emociones. Me dieron ganas de aplaudir allí mismo, ya que la sola sugerencia implicaba  la conciencia de quien me lo decía de ser sabedora de la importancia del cociente emocional en el desarrollo de las habilidades profesionales.

 

No tenemos ninguna educación en emociones. Y hoy ya no vale sólo el cociente intelectual. Cuando hay una activación emocional también la hay intelectual. No se puede educar sin motivación ni pasión. El entusiasmo de quien enseña es igual de importante que los contenidos que transmite. Se suele contratar a las personas en base a sus capacidades técnicas y se las acaba despidiendo por no saber poner en práctica sus habilidades emocionales.

 

Las cosas no son como las vemos, las vemos como somos. Y en mis sesiones de dirección de personas con directivos y trabajadores me doy cuenta del problema de la inestabilidad emocional a la hora de poner luego en práctica las órdenes a transmitir o la captación del aprendizaje. Lo que me lleva a pensar que la vida la vemos y vivimos según nuestro grado de estabilidad emocional.

 

Emoción significa la energía que mueve e impulsa. No hay emociones malas o buenas sino que aparecen al tener contacto con la realidad o con los recuerdos. Y así me arrastran o impulsan mi vida, ya que funcionan como un campo magnético. Y se convierten en una expresión fisiológica normalmente percibida por los demás.

 

Ya sabemos que el triángulo de la conciencia humana está compuesto por el pensar (mente) sentir (corazón) y actuar (voluntad). En este caso, en el pensar se situará la percepción de la realidad (cómo veo la vida) , en el sentir la sensibilidad de la misma (cómo vibro con la vida) lo que nos llevará a responder o reaccionar en nuestras actuaciones.

 

Las emociones y los sentimientos están ubicados en la sensibilidad. Y las emociones son a la sensibilidad lo mismo que las olas al mar. Suben y bajan constantemente. Nos hacen sentir agitados o en paz. Y de acuerdo a cómo percibamos la realidad, así va a ser nuestro oleaje.

 

Podemos reaccionar ante la vida o responder a los acontecimientos que nos ocurran. El secreto está en unir los pensamientos a las emociones.

 

Si a cualquier emoción le sigue un pensamiento positivo, conseguiremos, con nuestra conciencia que siempre piensa en plural, responder con  un pensamiento y sentimiento positivo. Si por el contrario a la emoción se le adhiere nuestro ego, que siempre piensa en singular, reaccionaremos con un pensamiento y  un sentimiento negativo.

 

Así ante una emoción de amor podremos convertirla en un deseo de bien o en otro posesivo, el dolor en una oportunidad de aprendizaje para crecer o en un sufrimiento que condene a mi autoestima para llamar la atención, el enfado en firmeza o en violencia, los celos en admiración para conseguir lo que me demuestra el otro o en envidia con deseos de culpa hacia el ajeno, el placer en éxtasis para sacar lo mejor de mi o en adicción que haga que me domine la situación, la alegría en entusiasmo que viva en mi o en euforia estando fuera de mi ser, la serenidad en paz interior o en pasividad esperando que las cosas sucedan, la tristeza en una ocasión para revalorar las situaciones y mejorar mi realidad o en una angustia que genere depresión y autoagresión, la sorpresa en una oportunidad de asombro o de susto … en definitiva llevarme mediante el pensamiento positivo a convertir las emociones en sentimientos de los que sacar provecho o en sensaciones que hagan despreciar mi vida.  

 

Por ello debemos aprender a focalizar nuestra atención en las emociones. Debemos ser guardianes de nuestra atención, porque dependiendo dónde la dirija estaré despierto para responder ante los acontecimientos que me sucedan o disperso y distraído haciendo que me dominen.

 

Pensamientos negativos que unidos a nuestras emociones harán que reaccionemos con agresión, angustia y ausencia para después juzgar e intentar controlar viviendo siempre con inquietud y confusión y llevándonos a la inconformidad, insatisfacción e individualismo

 

O pensamientos positivos para nuestras emociones que hagan que aceptemos la realidad y respondamos  ante la misma, como una oportunidad para aprender y mejorar, sustituyendo la agresión por la paz, la angustia por el perdón y la ausencia por la presencia, con gratitud, gozo y generosidad en nuestras actuaciones.

 

Y lo curioso es que para la mejorar de nuestros directivos y trabajadores (y familias) la inversión material que hay que hacer es nula. Pero la educación, no como transmisión de conocimientos sino en valores, máxima.

 

 

Todos los problemas de este mundo son o de capacidad o de voluntad. Le aseguro que si tiene voluntad, será capaz de educar sus emociones. Y todos lo agradeceremos.

 

Sobre todo los suyos. 

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